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ACERO HISTORIA SOBERANÍA

Fray Luis Beltrán dio alas a la Independencia

Por Sergio Juan Coppoli

Después de la sorpresa y desastre de Cancha Rayada, el Ejército de los Andes había perdido gran parte de su armamento, municiones, casi toda la artillería y el puesto de comando con sus mapas y planes. Cundía el desaliento, y el optimismo surgido a partir de la victoria de Chacabuco se había diluido casi por completo. Muchos patriotas, llamémoslos así, habiendo perdido las esperanzas, escribieron al jefe del ejército realista, general Osorio, jurando fidelidad al rey, intentando salvar sus vidas de posibles represalias.

En una reunión del Estado Mayor, discutiendo sobre las posibilidades de enfrentar al ejército realista, se evaluaba la pérdida y consecuente escasez de armamento y la falta de municiones suficientes. San Martín se dirigió al Capitán Luis Beltrán, más conocido como fray Luis Beltrán, aunque había dejado los hábitos, y le preguntó cómo estaban de municiones. El fraile miró a los oficiales expectantes de su palabra, observó detenidamente la sala donde estaban, y muy seguro de sí mismo señaló una línea imaginaria cercana al techo, contestando que podrían llenar la habitación hasta esa altura. Esta respuesta llenó de júbilo a la oficialidad reunida: podían presentar batalla teniendo municiones suficientes para enfrentar al enemigo. El buen fraile salió disparado hacia los talleres de la maestranza para comenzar, a marcha forzada, la fabricación de munición, fusiles y cañones para recuperar lo perdido. Niños, mujeres y ancianos fueron reclutados masivamente y trabajaron día y noche. Fruto de este esfuerzo, para la batalla decisiva de Maipú, dos semanas después, el ejército patrio tenía su parque recuperado, la munición abundante y la victoria fue total. Quizás nunca sepamos si hubo un acuerdo previo con San Martín para generar optimismo o fue iniciativa de Beltrán mentir a la oficialidad y, quizás, al propio general San Martín, ocultando la situación desastrosa.

Lo cierto, es que el capitán Luis Beltrán no se preguntó si era posible reconstruir lo perdido, consideró que era imprescindible hacer posible lo necesario y basándose en las fuerzas propias y en los sentimientos patrióticos, movilizar al pueblo para resolver la situación.

Dice Bertold Brecht:

“El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él sólo?

César venció a los galos.

¿No llevaba siquiera a un cocinero?”

Podemos agregar:

San Martín cruzó los Andes y liberó a Chile y Perú.

¿Nadie cruzó con él?

San Martín realizó la hazaña acompañado por miles de protagonistas, hombres y mujeres que hicieron su parte con esfuerzo, valor y patriotismo. Llevaba baqueanos, cocineros, arrieros. Muchas mujeres, cosieron uniformes y banderas; un molinero transformó su molino en batán para preparar las telas para los uniformes; Andrés Tejeda era el molinero, inventor, mecánico, había diseñado alas de cuero para volar y es considerado un precursor de la aviación argentina. Con él, San Martín discutía quién tenía el proyecto más loco, si San Martín cruzando los Andes con un ejército o él, que construía alas artificiales para remontar el vuelo. Es de considerar que ambos lo lograron. Tejeda logró volar unos cincuenta metros lanzándose desde la altura de su molino, dicen unos; de una iglesia, dicen otros. Finalmente cayó y se rompió las piernas. Afortunadamente, San Martín tuvo más vuelo. Y finalmente, contó con el genio de un fraile, que dejó los hábitos para poder luchar por la patria y, parafraseando al propio Beltrán, que decía que si era necesario los cañones tendrían alas, puso alas al ejército que se formaba en El Plumerillo.

Cuando tras la revolución de mayo debieron ponerse en pie los ejércitos de la independencia, armarlos y pertrecharlos era urgente. Estaban disponibles las viejas armas de los cuerpos coloniales, las armas quitadas a los ingleses en las invasiones, el ingenio popular construía armas improvisadas: lanzas de caña tacuara con chuzas hechas con cuchillos y sables rotos. Pero era necesario más, mucho más.

Una fábrica de armas blancas se creó en Colonia Caroya, para abastecer al Ejército del Norte. Allí se forjó, entre otros, el sable de Artigas. En Tucumán se creó una fábrica de fusiles y cañones, cuya calidad mejoró cuando Belgrano encargó al barón de Holmberg su dirección. Más tarde, en su breve período al frente del Ejército Auxiliar al Alto Perú, San Martín instaló el campamento de la Ciudadela en San Miguel de Tucumán, antecedente directo de El Plumerillo, donde se formó a la oficialidad y se intensificó la fabricación de armas.

Para la guerra gaucha, en Tastil, localidad de la Quebrada del Toro, donde actualmente circula el famoso tren de las nubes, y en Casabindo, localidad de la puna jujeña, se instalaron fábricas de pólvora a cargo del coronel Fernández Campero, marqués de Yavi. Proveían a las no muy numerosas armas de fuego de los gauchos de Güemes, pero les daba ventajas por su superior calidad.

En sus conversaciones con Belgrano, Güemes, Tomás Guido y quizás Enrique Paillardelle, militar francés que participó en las expediciones al Alto Perú, San Martín fue diseñando su plan continental. Este no implicó dejar de lado el camino del Alto Perú hacia Lima, sino un doble camino, un avance en pinzas sobre la sede del poder español en América.

Entre Buenos Aires y Lima, hay más distancia que entre París y Moscú y los caminos hacia Lima eran caminos difíciles.

El del Alto Perú, implicaba combatir en grandes alturas. Por ejemplo Vilcapugio, donde es derrotado el ejército patrio, es una pampa ubicada a 4.200 metros sobre el nivel del mar. Estas alturas implicaban una gran dificultad para usar los caballos y escasa provisión de agua. Además, se debía enfrentar a tropas realistas numerosas y aguerridas.

San Martín confió en las masas para sostener una guerra defensiva que ya había comenzado Belgrano y siguieron Güemes y las republiquetas, donde se destacaron Juana Azurduy, el Moto Méndez, Muñecas, entre otros. Pero el plan preveía que, después del cruce de los Andes y desde Chile, cuando el Libertador iniciara la expedición hacia el Perú, Belgrano y Güemes, con el Ejército del Norte y las milicias gauchas, emprenderían la ofensiva, completando una maniobra de pinzas. Esto no pudo ser, el Ejército del Norte fue llamado desde Buenos Aires para la lucha contra los caudillos litoraleños y tras el motín de Arequito, quedó disuelto. Quedaba el ejército gaucho, San Martín nombró a Güemes, General en Jefe del Ejército de Observación, pero el héroe salteño fue traicionado, emboscado y muerto.

El camino por Chile era más favorable. La tierra trasandina tenía gobierno propio, independiente, que podía colaborar activamente en la empresa. Y desde allí, el ejército libertador podía dirigirse por mar hacia Lima, aprovechando la crisis de la marina hispana. Solo había que cruzar esos enormes montes. Pero cruzar los Andes con un ejército, requería mucho más: armas de fuego, cañones, proyectiles, armas blancas, carretillas para transportar pertrechos, municiones y alimento por caminos inexistentes o precarios.

Y la necesidad encontró la cabeza y las manos. Con la derrota de Rancagua, cambió todo, en Chile ya no había gobierno favorable detrás de los Andes, sino fuerzas realistas triunfantes. Pero con los derrotados de Rancagua, llegó el fraile y teniente Luís Beltrán. O Higgins, encabezando los restos del ejército chileno derrotado, se lo presenta a San Martín.

Fray Luis Beltrán había ingresado en Mendoza a la orden franciscana, para seguir la carrera eclesiástica. En sus estudios, se interesó mucho por la física, la química, la mecánica, y las matemáticas. Trasladado a Chile, allí se encontraba cuando estalló el levantamiento chileno y Beltrán lo apoyó. Su colaboración en los talleres de maestranza trasandinos, hizo que O Higgins lo nombrara teniente y lo pusiera al frente de los mismos.

Tras la derrota, reitero, Beltrán fue uno de los fugitivos que cruzaron los Andes y se unieron al Ejército que preparaba San Martín. Este lo puso al frente del parque y la maestranza del Ejército de los Andes. Instaló una fragua y talleres en el campamento de El Plumerillo, donde lideró el trabajo de cientos de obreros en la fabricación de todo tipo de armamentos, cañones, fusiles, espadas, munición y pólvora. Los talleres también produjeron uniformes, botas, mochilas, carretillas, puentes portátiles para superar los precipicios y obstáculos andinos, herraduras que permitieran a los caballos llegar en condiciones de combate a tierras trasandinas. Para los cañones, dirigió la fabricación de carros especiales para que pudieran ser llevados a través de las cumbres andinas.

Para fabricar armas y equipos, se juntaron a lo largo de Cuyo, rejas, campanas, herrajes, candados y todo tipo de piezas metálicas; todo se fundía y de allí surgían armas y equipos.

Podemos decir, sin riesgo a exagerar, que gran parte de la hazaña del cruce de los Andes, se debe a su incansable labor en los talleres, a la cabeza de los trabajadores y trabajando en persona, y al aparataje que creó para cruzar desfiladeros, precipicios, salvar obstáculos.

Ya hemos hablado de la reconstrucción del parque después de Cancha Rayada. Su labor, siguió incansable en Valparaíso, preparando el material bélico para la flota que iba a emprender viaje al Perú y en el propio Perú, donde instaló talleres en Lima y luego Trujillo, en los que siguió preparando armas para expediciones marítimas y terrestres, hasta que fue reemplazado por oficiales de Bolívar. Más tarde, a órdenes de Sucre, participó en la batalla decisiva de Ayacucho.

Su labor militar culminó en la guerra con el Brasil. Luego se retiró y volvió a los hábitos franciscanos hasta su muerte.

En homenaje a este “Vulcano de la patria”, Vulcano por el dios romano del fuego y los metales, el día de su nacimiento, 7 de setiembre, es el día del metalúrgico. Y en su honor, se denomina con su nombre la localidad del cordón industrial santafesino, donde se halla la homónima FÁBRICA MILITAR FRAY LUIS BELTRÁN. Un justo homenaje a quien puso, como él mismo decía al general San Martín, alas a los cañones. El molinero Tejeda creó alas para volar y Fray Luís Beltrán creó alas para que vuele el ejército sobre los Andes y sobre los mares.

Bibliografía sugerida para profundizar sobre el cruce de los Andes:

“¡Vámonos!”. San Martín camino a Chacabuco, de Ariel Gustavo Pérez. Editorial Prosa. Año 2021

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